Archive for the Relatos Category

Terror en el tren (ficción)

Posted in Relatos, Textos on 9 marzo, 2014 by Remy Blas

Escuchando el hipnótico traqueteo del tren, mi mente vagaba a la deriva, sin detenerse en ningún pensamiento en particular, hasta que me encontré mirando al hombre sentado dos filas delante mío y algo en su aspecto me devolvió a la realidad. Vestía un abrigo sucio demasiado grande y pesado para el calor que hacía. Algunos mechones de pelo grasiento caían sobre su rostro áspero y curtido como el cuero. Su boca estaba ligeramente entreabierta dejando ver unos pocos dientes amarillentos y torcidos. Pero lo peor eran sus ojos.

Pequeños y ensombrecidos por unas cejas espesas, sus ojos pálidos tenían una intensidad inusual. Estaban fijos en algún lugar, como si pudieran ver algo más allá de lo que otros pudiéramos ver. Algo en esos ojos me dio un escalofrío y seguí la dirección de su mirada para ver qué observaba con tanta atención. Mi escalofrío se intensificó al ver que esa mirada estaba fija en una niña pequeña sentada del otro lado del pasillo del vagón desde donde me encontraba sentado. No tendría más de seis o siete años, con rizos dorados y un rostro dulce lleno de inocencia infantil.

La niña miraba por la ventana, a la ciudad que iba pasando a los lados del tren, indiferente a la mirada de aquel hombre de aspecto perverso, pero un instante después, giró su pequeño rostro devolviéndole la mirada. Yo volví a mirarlo también, y vi que se movía para levantarse de su asiento, sin dejar de mirar a la niña. Volví a mirarla a ella, preocupado, y vi que sonreía con dulzura, un instante antes de que todo se volviera negro cuando el tren entró en un túnel.

En pleno día, las luces del vagón estaban apagadas así que por unos instantes, la oscuridad fue completa. En aquella penumbra, los ojos pálidos y macabros del hombre volvieron a mi memoria y tuve miedo por la pequeña niña a la que esos ojos observaban. Durante un segundo, la luz de un foco a un lado del túnel iluminó el interior del vagón, como un relámpago en medio de una tormenta y vi al hombre de pie en el pasillo, con su rostro todavía vuelto hacia la niña que continuaba sentada. Por instinto me puse de pie, prácticamente sin pensarlo. Pero antes de que pudiera dar un paso, otro flash de luz me mostró la escena delante mío y no vi al hombre ni a la niña. Antes que pudiera girar mi rostro para buscarlos, la oscuridad había vuelto.

Mis músculos se tensaron con los nervios y esperé impaciente a la siguiente luz. Cuando llegó, me encontré mirando al hombre,  nuevamente en su asiento, con los ojos cerrados como si durmiera, y la cabeza descansando sobre su hombro, el cuello expuesto entre marañas de su pelo sucio. Me pareció que la arrugada piel de su cuello estaba rasgada como si estuviera herido.

Giré para buscar a la niña con la mirada cuando pasáramos junto a la próxima lámpara, y en medio de aquel instante de luz la encontré a un paso de mí con sus ojos fijos en los míos. Sonreía todavía, aunque esta vez su sonrisa estaba desprovista de aquella dulzura infantil y había algo macabro en ella. La luz se fue demasiado rápido para asegurarme de que hubiera visto bien, pero podría jurar haber visto un destello rojo, como el color de la sangre, entre sus dientes.

Otro escalofrío recorrió mi espalda ante aquella escena. La última que vi. La próxima luz del túnel nunca llegó para mí.

Anuncios

Mi nombre es Sebastian…

Posted in Relatos, Textos with tags , , , , , , , , , , , , , , , on 3 mayo, 2010 by Remy Blas

Quiero compartir con ustedes los primeros párrafos de una historia que empecé a escribir y me gustaría conocer algunos comentarios, criticas y opiniones acerca de si debería seguir escribiendo este relato que comienza así:

Mi nombre es Sebastian. Esta es una crónica detallada y minuciosa de mi vida. Es también una historia, un diario personal y un registro para la posteridad de memorias que no deben caer en el olvido y desaparecer en la oscuridad de una era olvidada. Siento el deber de escribir estas palabras a pesar del riesgo que representan para mí por romper la norma más sagrada a la que estoy sometido, revelando los secretos de un mundo de tinieblas que podría tornarse en mi contra por este atrevimiento. Pero debo asumir el riesgo de esta revelación porque es necesario transmitir mis memorias por el medio que me sea posible, ya que tal vez no tenga otra oportunidad. El mundo está a punto de cambiar y hay demasiado en juego, incluso mi propia vida. Una gran ironía cósmica, porque mi vida es algo que perdí hace muchos años ya.

Escribo estas palabras recordando cada detalle de una manera imposible en la mente de cualquier mortal. Y eso es, por supuesto, porque no soy ningún mortal.

Soy un vampiro.

Un vampiro en su más profundo y literal sentido. Un ser de la noche que huye del sol y descansa durante el día en la más profunda oscuridad para salir por la noche a acechar a sus víctimas y beber su sangre para alimentarse y prolongar su existencia condenada.

Desde que nací a la noche eterna, más de una vez intenté imaginar, atado al pensamiento de mi mente alguna vez humana, cómo serían los últimos instantes de mi vida de vampiro. El tiempo me hizo comprender el significado de mi nueva condición y lo ridículo que resultaba pensar en el final de algo eterno, y di por sentada mi nueva naturaleza, me acostumbré a la perspectiva de que mi futuro era interminable. Y hoy que me siento al borde del abismo, recuerdo aquellas madrugadas en que me iba al descanso ocultándome de los rayos del sol, imaginando mis momentos finales en esta tierra. Siempre he gozado de una imaginación amplia y potente, sin embargo jamás en esos momentos cruzó por mi mente una situación como esta en la que ahora me encuentro y que se siente tanto como el final de algo. O el final de todo, mejor dicho. Es trágicamente cómico pensar que fueron mis propias decisiones lo que me han llevado aquí precisamente, mientras creía estar persiguiendo un mayor poder y sabiduría.

Y sí, hoy soy más poderoso y sabio que entonces, y aún vivo, me muevo, la sangre de mis víctimas corre por mi cuerpo maldito y no es inevitable el destino que me llevaría de cara al final de todas las cosas, pero nunca antes estuve tan convencido de una decisión como lo estoy ahora de lo que debo hacer.

Por eso antes de hacerlo debo asegurarme de que mi legado vivirá, que mis memorias no se perderán en la nada misma a la que tal vez me dirija, y que alguien conozca mi vida, entienda mis decisiones y quizá aprenda a escoger con mayor cautela para no seguir mis terribles pasos. Y así entonces, tal vez alcance la verdadera inmortalidad del recuerdo. Debo reconocer que aunque por mucho tiempo haya lamentado perder mi humanidad, hoy que mi inmortalidad está en juego, no quiero ir al descanso, y atesoro como nunca la eternidad de noches que se abren ante mí en un futuro que podría tener, o que bien podría serme arrancado esta misma noche. Y si la muerte física me alcanza y esta ficción de eternidad que estuve viviendo termina, mi existencia perdurará en el papel y la tinta, y en las osadas mentes de quien reciba este mensaje.

Pero comenzaré desde el principio ya que no hay otra manera de explicar la serie de eventos que me han llevado a estar aquí hoy, escondido, registrando las crónicas de mi vida para la posteridad.

Todo comenzó…

Y acá es donde debería decir que “continuará”, así que te pregunto, mi querido lector… ¿Vale la pena? ¿Debería seguir escribiendo?

No soporto verte brillar

Posted in Relatos, Textos with tags , , , , , , , , , on 19 noviembre, 2009 by Remy Blas

Cuenta una leyenda que una vez una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga; esta huía rápido, con miedo, de la feroz depredadora y la serpiente no pensaba desistir. Huyó un día, dos días… En el tercer día, ya sin fuerzas, la luciérnaga paró y dijo a la serpiente:

“¿Puedo hacerte tres preguntas?”

“No acostumbro a dar este precedente a nadie, pero como te voy a devorar puedes preguntar.” respondió la serpiente

“¿Pertenezco a tu cadena alimenticia?” preguntó la luciérnaga

“No…” contestó la serpiente

“¿Te hice algún mal?”

“No…” volvió a contestar

“Entonces ¿por qué quieres acabar conmigo?”

“Porque no soporto verte brillar”

Ojalá la única razón por la que quieran hacernos daño sea porque no soportan vernos brillar. Siempre va a haber quienes aprecien nuestro brillo y quienes lo envidien y quieran apagarlo. Pero no dejes de brillar.

El Castillo

Posted in Relatos, Textos with tags , , , , , , , , , , , , , , , on 3 julio, 2009 by Remy Blas

Fragmento de una historia que comencé a escribir en el 2004 y nunca terminé. No tenía título aún, pero este capítulo se llamaba El Castillo y me gusta por el encuentro entre dos de los personajes centrales de mis historias vampíricas.

– Bien, te tomaste esto en serio – dijo la cazadora hablándole al jefe de los monstruos –. Aunque algo predecible. La verdad, esperaba algo más valiente, como una pelea entre tú y yo.

– Hubieras podido tener esa pelea si hubieras venido antes – le respondió él –. Pero ahora estoy ocupado y no tengo tiempo. Así que dejaré que mis chicos se encarguen de ti mientras me ocupo de mis asuntos.

Dicho esto se dio vuelta y dando un impresionante salto subió los últimos escalones y cruzó una puerta. En cuanto la puerta se cerró detrás de él, los vampiros comenzaron su ataque. Los más cercanos se lanzaron sobre ella y Varenna empuñó el hacha. Dando un giro un par de cabezas cayeron y sus cuerpos se hicieron polvo. En menos de un segundo tenía una docena más encima así que separó su estaca del extremo del hacha y comenzó a luchar con las dos manos. Varios vampiros más cayeron antes de que pudieran arrebatarle el hacha. Esta cayó en el otro extremo de la sala, pero Varenna sacó su daga y siguió arrojando estocadas, giros, vueltas, cortes y golpes a sus contrincantes. Los vampiros trataban de atraparla y golpearla pero se movía muy rápido. Cualquier cazavampiros sin su experiencia no hubiera durado ni dos segundos en una batalla tan despareja, pero Varenna, con solo veinticinco años, sabía más sobre la lucha contra vampiros que nadie. No había que dejar que llegaran a su cuello, ni siquiera debían tocar su garganta o estaría perdida, y en cuanto alguno pudiera poner una sola mano sobre ella, se le partiría algún hueso. Había que ser más veloz que ellos y no tener piedad ni cuidado en los golpes, dándolos además en los puntos clave que, si no mataban a la criatura, al menos la mantendrían dolorida o alejada por un momento. Varenna, al verse rodeada por los vampiros -de los cuales habían quedado dieciséis o diecisiete-, saltó por encima de ellos y, antes de que pudieran tocarla, dio una vuelta en el aire y cayó parada fuera del círculo de vampiros. Entonces, dos puertas a los lados del vestíbulo se abrieron. Corriendo y atropellándose entre ellos, entraron aún más vampiros, más de los que Varenna llegó a contar. La cazadora buscó a su alrededor un hueco en la masa de monstruos, un lugar por donde escapar, pero sin éxito. Estaba completamente rodeada, atrapada… perdida.

En ese momento una de las ventanas que daban al exterior, al frente del castillo estalló en miles de minúsculos fragmentos de vidrio, mientras un enorme tronco entraba arrojado desde el exterior. El gran tronco cayó sobre el flanco izquierdo del ejército de vampiros, desarmando sus filas y haciendo retroceder a muchos. Varenna podría haber escapado corriendo en esa dirección y saltando fuera por la ventana pero se dio cuenta que los vampiros la seguirían, probablemente hasta la ciudad. No, debía mantener a los vampiros allí adentro hasta que supiera qué hacer con ellos. Pero la cuestión ahora era ¿Quién había arrojado el tronco por la ventana? ¿Quién podía tener la fuerza como para usar algo tan grande como proyectil? La respuesta no se hizo esperar apareciendo frente al hueco de la ventana rota. Un hombre vestido con una gabardina negra que se agitaba con el viento, con todas sus vestiduras negras también, de pelo oscuro y una corta barba desprolija. Varenna ya lo conocía, tantas veces lo había visto y se había preguntado por qué, por qué era tan diferente a los demás de su especie.

– Sebastian… – susurró.

Eso es todo por hoy, más adelante puede que comparta más relatos.

La sirena

Posted in Esas cosas que yo escribo, Relatos, Textos on 11 abril, 2009 by Remy Blas


Un hombre estaba en la playa, mirando hacia el mar. Buscando algo con la vista, esperando, sin saber muy bien qué. De repente, algo se movió, algo que él no había notado antes, confundiéndolo tal vez con parte del paisaje. Una hermosa sirena apareció allí, sentada con elegancia sobre una roca, con las gotas de cada ola que se estrellaba a su lado decorando la mística visión de su belleza. El hombre quedó fascinado, sin entender muy bien aún lo que tenía delante, aturdido por tanta belleza repentina.

La sirena delicadamente nadó hacia donde él estaba y pronto estuvo a su lado. Él sintió el suave contacto de su piel rozando su mejilla y quedó deslumbrado por su hermosa sonrisa y el brillo de sus ojos profundos como el mar del que provenía. Apenas había sido capaz de soñar con un beso de aquel ser tan precioso cuando sus labios tocaron los suyos con una delicadeza y ternura que jamás hubiera imaginado sentir.

Entonces, la sirena se inclinó sobre la arena y escribió en ella con su dedo las más bellas palabras de amor. El hombre la observó en silencio. Cuando la sirena terminó se acercó a él y volvió a tocar su mejilla y besarlo. Y entonces, sin más, se lanzó al agua y nadó mar adentro. El hombre extendió su mano tontamente, como queriendo retenerla pero solo pudo observar cómo se alejaba y desaparecía entre la espumante marea. Durante lo que le pareció una eternidad siguió mirando hacia el mar, esperando ver aquella figura surgir de vuelta de entre las aguas.

Esperó, y esperó. Algo dentro suyo le dijo que olvidara aquello y se alejara de la orilla, pero él no se rindió. Siguió esperando, siguió observando el horizonte sabiendo que su sirena regresaría. Y un día, cuando empezaba a perder las esperanzas, vio surgir entre las aguas aquella hermosa figura una vez más. La sirena nadó hacia la orilla y llegó a su lado. Por un momento nada pasó y él se sintió extraño, pero entonces ella se arrojó hacia él abrazándolo fuertemente, y él respondió al abrazo. Sonrió. Su sirena había regresado. Ilusionado, bajó la vista hacia la arena en busca de aquellas palabras tan preciosas, pero solo encontró marcas borrosas e incomprensibles. Lo que la marea no había arrastrado, el viento lo había borrado y ya no quedaba nada de esas palabras de amor. Él fijó la vista en su sirena, esperando nuevas palabras, esperando otro beso, esperando algo de aquel amor que ella le había brindado en aquel fugaz encuentro tiempo atrás.

Pero ella miraba hacia otro lado. Con la mirada perdida parecía no estar allí realmente. Su mirada se posó en la arena y se elevó hasta el mar. Un brillo apareció en sus ojos y separándose de él saltó nuevamente hacia el océano, nadando hacia otro lugar. El hombre sintió que no podría soportar otra despdida así, no podía dejarla ir otra vez de aquella manera. Pero no podía evitarlo. Su hogar era aquel y él no pertenecía a su mundo.

La sirena desapareció en lo profundo del mar y el hombre quedó solo una vez más. Con una última mirada a la arena que había contenido las palabras de amor más bellas que jamás haya recibido nadie, comenzó a caminar hacia el mar. No buscaba su sirena, no intentaba entrar en su mundo. Sabía que no podría. Pero tampoco podía quedarse en el suyo ahora que había conocido el sabor de los labios de una sirena como aquella. Decidió no pertenecer a ninguno de aquellos mundos y siguió caminando, esquivando los restos cristalinos de color carmesí de lo que había sido su corazón, esparcidos en la arena, y no se detuvo hasta que las crueles aguas oscuras lo cubrieron y el océano mortal lo tragó para siempre.

RemyBlas

Estela dorada

Posted in Esas cosas que yo escribo, Relatos, Textos on 28 octubre, 2008 by Remy Blas


Ayer vi algo bastante peculiar. Desde la ventana de mi aula de la facultad, en el segundo piso, alguien en cierto momento señaló el cielo iluminado por el crepúsculo. Ahí en el cielo, entre unas pocas nubes aisladas, cruzaba una pequeña línea dorada bajo los rayos agonizantes de un sol poniente. Se movía muy lento, pero se podía ver claramente cómo avanzaba, hacia la derecha desde nuestro punto de vista, y bajando en una pendiente pronunciada, casi en picada. Apenas podía vérsela, allá a lo lejos, acercándose a las nubes.
¿Estrella fugaz? Demasiado lenta.
¿Avión? Era demasiado pequeño o estaba demasiado lejos.
¿Un pájaro, un avión…? ¿¿Superman??
¿OVNI? ¿Misil intercontinental con cabeza nuclear? ¿Viejo satélite artificial cayendo en picada?
¿Asteroide a punto de destruir la vida sobre la tierra como a la conocemos?
¿Sonda extraterrestre buscando señales de vida inteligente? Si era eso, probablemente no encontró ninguna señal entonces.
Ninguna de estas opciones resulta creíble a mi criterio.
¿Qué sería entonces aquella lejana estela dorada bajo los rayos del sol del ocaso?

RemyBlas

Efecto mariposa

Posted in Esas cosas que yo escribo, Relatos, Textos on 9 octubre, 2008 by Remy Blas


Fue todo muy rápido. Inesperado, impredecible, entró a su vida repentinamente sin que él supiera que no se iría jamás. Todo comenzó una noche, en un ambiente tranquilo, casi familiar. No era una noche de joda, no andaba de levante, y ni siquiera pensó en eso cuando le habló, como se le habla a alguien que uno apenas conoce pero ve con cierta frecuencia.

¿O había empezado antes la historia, aquella vez que le hizo ese comentario al pasar, y se dio cuenta que nunca había hablado realmente con ella exceptuando algún “hola” al pasar? Alguien le había mencionado una vez esa chica, y él también había notado su belleza por sí mismo, como se observa una nube en el cielo o la espuma de las olas al romper contra la costa, sin darle mayor importancia. Jamás hubiera imaginado, en aquel tiempo, cuánto iba a cambiar su vida con un número.

Sí, un número, porque volviendo a esa primera charla, aquel encuentro fugaz, algo extraño, diferente, con un toque cómico incluso. ¿Qué fue lo que lo movió a hablarle? Tal vez fuera el destino, tal vez un simple impulso, tal vez, solo una casualidad. Un efecto mariposa. “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo” dice el proverbio chino que le da nombre a tal efecto. Eso fue un simple aleteo de mariposa. Una charla, un saludo, una que otra sonrisa y un intercambio de números telefónicos. ¿Por qué? Él no lo sabía, nunca lo supo, y yo tampoco lo sé. Pero pasó. Y ahí comenzó todo.

En su desarrollo se mezclaron lo real con lo virtual, lo concreto y lo abstracto, lo tangible y lo tácito. Una frase, un mensaje de texto, una sonrisa, un emoticón, un guiño de ojos, un texto provocador, amistad, cariño, atracción, deseo, secreto. Y una vez en marcha fue inevitable la conclusión. Dos semanas. Un encuentro secreto, privado, tranquilo. Una charla, muchas miradas, alguna caricia disimulada, un abrazo sutil. Era un invierno frío que ayudaba a la cercanía. La atracción casi podía palparse. Esta vez no hubo interrupciones, no hubo obstáculos ni límites, solo los de la propia timidez o desconfianza, pero que se iban superando a un ritmo acelerado. Un teléfono sonó y su sonido murió en la tecla roja más de una vez. Ella no iba a tolerar interrupciones y él se lo agradecía. No sabía bien qué hacía ahí, sentía que había algo incorrecto, inmoral, en lo que estaba pasando, por inocente que fuera. Pero él sabía a dónde llevaba todo eso. Y sin embargo no se detuvo, no se echó atrás. Sin saber por qué, sin saber qué sentimientos lo impulsaban, seguía adelante con aquella historia, disfrutando cada momento, dándose cuenta que aquello diferente que sentía era nuevo para él, que nunca se había sentido así de cómodo con alguien y que tal vez, solo tal vez, aquello que lo hacía inmoral no tuviera importancia.

Él no sabía, jamás se hubiera imaginado, lo parecido que era todo eso a lo que algunos llaman amor.