Terror en el tren (ficción)

Escuchando el hipnótico traqueteo del tren, mi mente vagaba a la deriva, sin detenerse en ningún pensamiento en particular, hasta que me encontré mirando al hombre sentado dos filas delante mío y algo en su aspecto me devolvió a la realidad. Vestía un abrigo sucio demasiado grande y pesado para el calor que hacía. Algunos mechones de pelo grasiento caían sobre su rostro áspero y curtido como el cuero. Su boca estaba ligeramente entreabierta dejando ver unos pocos dientes amarillentos y torcidos. Pero lo peor eran sus ojos.

Pequeños y ensombrecidos por unas cejas espesas, sus ojos pálidos tenían una intensidad inusual. Estaban fijos en algún lugar, como si pudieran ver algo más allá de lo que otros pudiéramos ver. Algo en esos ojos me dio un escalofrío y seguí la dirección de su mirada para ver qué observaba con tanta atención. Mi escalofrío se intensificó al ver que esa mirada estaba fija en una niña pequeña sentada del otro lado del pasillo del vagón desde donde me encontraba sentado. No tendría más de seis o siete años, con rizos dorados y un rostro dulce lleno de inocencia infantil.

La niña miraba por la ventana, a la ciudad que iba pasando a los lados del tren, indiferente a la mirada de aquel hombre de aspecto perverso, pero un instante después, giró su pequeño rostro devolviéndole la mirada. Yo volví a mirarlo también, y vi que se movía para levantarse de su asiento, sin dejar de mirar a la niña. Volví a mirarla a ella, preocupado, y vi que sonreía con dulzura, un instante antes de que todo se volviera negro cuando el tren entró en un túnel.

En pleno día, las luces del vagón estaban apagadas así que por unos instantes, la oscuridad fue completa. En aquella penumbra, los ojos pálidos y macabros del hombre volvieron a mi memoria y tuve miedo por la pequeña niña a la que esos ojos observaban. Durante un segundo, la luz de un foco a un lado del túnel iluminó el interior del vagón, como un relámpago en medio de una tormenta y vi al hombre de pie en el pasillo, con su rostro todavía vuelto hacia la niña que continuaba sentada. Por instinto me puse de pie, prácticamente sin pensarlo. Pero antes de que pudiera dar un paso, otro flash de luz me mostró la escena delante mío y no vi al hombre ni a la niña. Antes que pudiera girar mi rostro para buscarlos, la oscuridad había vuelto.

Mis músculos se tensaron con los nervios y esperé impaciente a la siguiente luz. Cuando llegó, me encontré mirando al hombre,  nuevamente en su asiento, con los ojos cerrados como si durmiera, y la cabeza descansando sobre su hombro, el cuello expuesto entre marañas de su pelo sucio. Me pareció que la arrugada piel de su cuello estaba rasgada como si estuviera herido.

Giré para buscar a la niña con la mirada cuando pasáramos junto a la próxima lámpara, y en medio de aquel instante de luz la encontré a un paso de mí con sus ojos fijos en los míos. Sonreía todavía, aunque esta vez su sonrisa estaba desprovista de aquella dulzura infantil y había algo macabro en ella. La luz se fue demasiado rápido para asegurarme de que hubiera visto bien, pero podría jurar haber visto un destello rojo, como el color de la sangre, entre sus dientes.

Otro escalofrío recorrió mi espalda ante aquella escena. La última que vi. La próxima luz del túnel nunca llegó para mí.

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